Aprender a amar mi cuerpo fue mi acto revolucionario

Cuando tenía dos años me diagnosticaron obstrucción intestinal completa. Después de varios días de no defecar, mis papás me llevaron de emergencia al hospital. Le dijeron a mi mamá que no había un buen pronóstico, que era muy tarde para mí. Pero los doctores decidieron arriesgarse, y someterme a una cirugía para extraer la parte del intestino que carecía de células nerviosas y unirla al resto, para que mi sistema digestivo pudiera trabajar sin obstrucción. Sobreviví.

Tengo bonitos recuerdos de mi niñez. Era de esas niñas que combinaban sus tenis con su playera y sus shorts, que jugaba con mi bicicleta y con mis patines. Siempre tuve exceso de energía, y la gastaba bailando o buscando aventuras.

Hace un par de días, buscando fotografías de esa niñez llena de ilusiones y sonrisas, encontré un álbum de cuando fui “Niña Independencia”, la reina del colegio CEFI, que quedaba a unas cuadras de mi casa. Las fotografías me hicieron viajar en el tiempo y se me puso la piel de gallina al revivir el momento en que, con mis colochos, mi vestido de gala, mi corona y los aplausos del público, nació en mí la curiosidad de descubrir qué era la “belleza”.

La adolescencia no fue tan color de rosa. Mis amigas del colegio pasaban por una transformación radical, dejaron de jugar fútbol y lo cambiaron por el maquillaje, las faldas más cortas, todo lo necesario para gustarle al chavo más guapo de la clase. Mientras, yo sentía que no encajaba porque aún no me salían “boobies”, y me perdía entre los libros, el baile y los patines.

Un par de años después, luego de un tratamiento para estimular mi desarrollo, empecé a sentir los cambios en mi cuerpo. Estaba en el último año del colegio, lista para entrar a la Universidad, cuando me di cuenta de que lo que veía en el espejo no me gustaba. Había algo que por mucho tiempo había escondido con un sudadero o una tshirt, una línea que partía mi abdomen en dos, recuerdo de aquella cirugía que me salvó la vida de bebé.

El espejo nunca había sido mi mejor amigo. Odiaba ir a una tienda de ropa y entrar a los vestidores, esos que tienen los espejos más gigantes del mundo. Sentía que sólo resaltaban lo imperfecta que era. La ropa tallada hacía que se marcara mi cicatriz.

Mi hermana mayor coleccionaba las revistas Cosmopolitan, y mientras ella no estaba en la casa yo se las robaba para leer el horóscopo, para ver con qué signo tenía compatibilidad. Mientras pasaba las páginas, encontraba fotografías de modelos con  cuerpos perfectos. Toda la ropa les quedaba ajustada y se miraban increíblemente hermosas.

Era inevitable comparar mi imagen al espejo con las de ellas. Como adolescente, saber que un traje de baño no se vería nunca igual en mi cuerpo era abrumador. Sólo cerraba los ojos y soñaba con el día en que finalmente podría posar frente a una cámara, sin miedo a mostrar mi belleza, como lo hacían ellas.

Durante mis 20s busqué formas de evitar pelearme con el espejo. Compraba prendas de vestir que disimularan mi silueta. No me preocupaba ser gorda o delgada, sólo quería sentirme bien con mi cuerpo y sus líneas.

Quería dejar de preocuparme si el chavo que me gustaba me abrazaba, o si las manos de mi novio tocaban mi estómago. No quería que mi inseguridad afectara mis relaciones sexuales. Les juro que transpiraba sólo de pensarlo.

Estaba rodeada de imágenes de lo que el mundo considera un cuerpo perfecto, y necesitaba un tratamiento.

En mi larga búsqueda, finalmente encontré algo que cambió mi vida. El Dancehall, un baile jamaiquino, me hizo enamorarme de cada línea de mi cuerpo.

Al ritmo del Dancehall, con cada movimiento fui descubriendo mi sensualidad. Con cada paso lograba reafirmar mi seguridad, esa que había perdido por prejuicios sociales.

Sigo siendo imperfecta, pero a través del baile logré amar mi cuerpo y sus líneas. Logré expresar lo que había escondido por mucho tiempo. Logré verme en el espejo sin pensar que era mi enemigo. Logré usar un bikini e ir a la playa sin que me importaran las miradas.

Y muchos años después, como la Niña Independencia que una vez posó frente a una cámara ante los aplausos del público, logré fotografiarme sin miedo, para mostrarle al mundo mi significado de belleza. Y ese fue mi mayor acto revolucionario.

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