Cuando viví afuera

Quise compartir en el Norte que en el trópico, bailar se trae en la sangre, las canciones lentas se bailan pegado, los abrazos se dan con dos brazos no uno, las manos sirven para agarrarlas y mirarse a los ojos al hablar es ley.

Cuando viví afuera trataba de domar a mi lengua para que ella dejara de tropezarse en la “r” y que la última sílaba de mis palabras dejara de cantar…

Cuando viví afuera quise entrenar a mi boca para no abrirse tanto al hablar y até mis manos necias que sentían la urgencia de moverse cada vez que explicaba algo.

Cuando viví afuera le rogaba a mi voz que no se pronunciara tan recio. Traté de convencerla que lo monótono seduce más. También le pedí a mi hablado que ya no delatara a mis emociones con sus sus altos y bajos al emocionarse.

Cuando viví afuera quise compartir en el Norte que en el trópico, bailar se trae en la sangre, las canciones lentas se bailan pegado, los abrazos se dan con dos brazos no uno, las manos sirven para agarrarlas y mirarse a los ojos al hablar es ley.

Cuando viví afuera quise decir “buen provecho” después de cada comida, “con permiso” al entrar a una casa, y un “me encantás” o “me fascinás”. Cómo explicar la diferencia entre “me hacés falta” y “me faltás” y que un “te quiero” no es un “I love you” de casados. Tantas cosas que solo en español me hacían sentido.

Cuando viví afuera intenté explicar a detalle en ese idioma cómo se ríe, cómo se come, como se pasa el tiempo, como se besa, como se quiere en español.

Cuando viví afuera calculé qué traducciones sonarían más propias en esa lengua que pronuncio a la perfección pero a la vez me suena tan lejana. Traté de traducir caricias, sentido de humor, risa, apodos, mi mundo entero.

Años después por fin concluyo que cuando viví afuera, jamás aprendí a enamorarme en inglés.

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