Curandera

Mi abuela, mi hermosa Catalina a la que siempre adoraré y de la que siempre me gustó pensar era una especie de curandera, portadora de sabiduría milenaria.

De mi abuela materna aprendí muchas cosas sobre la vida, el amor y mis propios demonios, y hasta la fecha sigue siendo uno de los amores más grandes que he recibido y experimentado y una de las pérdidas más dolorosas que he tenido que sobrevivir.

Pero entre sus tantas enseñanzas, uno de sus legados más importantes fue el acudir a la naturaleza cada vez que necesitara sanar mi cuerpo o mi mente.

Su jardín siempre estuvo lleno de rosas, flores de arica, jacintos, violetas, pensamientos y claveles; mientras que en su huerto hubo temporadas de jaibas, güisquiles, hierbas, chiltepe y chile pimiento, mientras que en el patio trasero reinaban una mata de café, (cuyos frutos maduros ella secaba, tostaba y molía para la familia), y un bananal.

El gabinete principal de su cocina estaba repleto de frascos con hierbas y semillas que, con la pericia de sus manos igual podían servir para condimentar el más sabroso pepian como para curar el más terrible dolor estomacal.

Ella me enseñó a apreciar los mercados, recorrer sus pasillos y encontrar tesoros, como la miel y las especias traídos de los pueblos, a detener la sangre de pequeñas cortadas con la membrana de una cebolla y tantas cosas más que ella misma había aprendido de su madre; conocimientos que fueron heredados de boca en boca entre las mujeres de la familia, generación tras generación.

A mi madre, una mujer pragmática y orgullosa de su modernidad, aquello no le interesó nunca, por ello me tocó a mi aprender los remedios de la abuela, situación que me hizo sentir increíblemente especial.

Con ella supe que se podía conservar hierbas aromáticas en aceite de oliva extra virgen y y luego usar el oleato final para cocinar, hacer crecer más rápido el cabello o para aliviar afecciones cutáneas. Gracias a ella, sé que el apazote no únicamente sirve para los frijoles, sino que también es un excelente aliado a la hora de evitar cicatrices o marcas en la piel.

Podría describir años compartidos con ella en el jardín, en los mercados cantonales y en su cocina y aún así podría no hacer justicia a todo lo que me heredó.

Mi abuela, mi hermosa Catalina a la que siempre adoraré y de la que siempre me gustó pensar era una especie de curandera, portadora de sabiduría milenaria.

Al morir ella le dí la espalda a las plantas y la medicina occidental con sus píldoras para solucionarlo todo fueron lo único que pude y quise aceptar; ahora entiendo que fue una forma radical de duelo y debido a que la perdí durante una de las etapas más obscuras de mi vida. Una en la que prefería anestesiarme a pasar tiempo a solas conmigo misma.

Supongo que ahora que he aprendido a quererme, de manera natural ha vuelto a mi el deseo por rescatar todas esas cosas que me dejó mi Cata.

Publicado originalmente en When In Doubt Just Write.