El corazón herido

En México estamos reconstruyendo nuestra ciudad y nuestros corazones.

Un 19 de septiembre, tuve el corazón esparcido en muchos lugares de la ciudad. Especialmente, un pedazo de mi corazón estaba perdido. Pasé tres horas de mi vida sin un cacho, con la zozobra en los huesos, con la inquietud de quien debe guardar la calma pero se le está muriendo algo por dentro. Mil mensajes de todos mis seres queridos confirmándose sanos, vivos, completos. Mi corazón iba recobrando sus piezas. Uno de esos cachos, uno de los grandes, no venía a mí. Mi papá no aparecía.

Vi tambalearse junto conmigo inmensos pedazos de metal como cajas de cartón, como un juguete manipulado por un pequeño niño de manos torpes. Los edificios rugían como bestias salvajes, vibrando cada parte, desde dentro, confirmando lo minúscula que soy y lo fácil que podrían desintegrarme. Vi el terror en caras familiares y la valentía en los ojos de inframundo de una mujer admirable, arriesgando su seguridad por el bienestar de unos Godínez aterrados e incrédulos.

Empezaron a llegar por mensajes videos horribles, textos de gente en histeria mencionando que había derrumbes. Llegó el miedo. En mi vida me había sentido tan vulnerable. JAMÁS EN MI VIDA había tenido tanto temor de perderlo todo. Y de que mis amados también lo pudieran perder todo. Y todo, para mí, es las risas de mis padres, las bromas de mi hermano, los abrazos de mis amigas, los besos del amor de mi vida. Sentir que se tambalea tu mundo, que corre peligro lo que más amas y que desde entonces no quieres separarte ni un segundo de todo ello, ha sido la batalla más difícil de este año. La incertidumbre del paradero del cacho de corazón que me faltaba no quiero volverlo a experimentar en lo que me resta de vida.

Yo sabía que podía suceder. Mis padres me lo contaron infinidad de veces. Platicaban su experiencia al sentirse tan vulnerables, el olor a muerte, la tristeza y calma que existieron muchos meses en la ciudad. “Nunca creí que volvería a vivir algo así”, decía mamá entre lágrimas. Parecía tan lejano.

Los edificios rugían como bestias salvajes, vibrando cada parte, desde dentro, confirmando lo minúscula que soy y lo fácil que podrían desintegrarme.

Han pasado 7 días desde aquel día maldito. Y le digo maldito porque la posibilidades de que volviera a temblar en un día marcado por la muerte, me parece increíble. Llevo 7 días llorándole a los que no están, llorándole a los que volvieron a nacer de los escombros, llorándole a las historias y noticias de rescatistas y rescatados, llorándole a quien, como yo, hemos hecho todo lo que está en nuestra manos para ayudar a nuestros y a extraños.

Se me desborda por el cuerpo hoy más que nunca el amor por mis amigos y familiares, unidos, dándolo todo a cambio de nada, sabiéndome acompañada en este camino (pues a huevo, son mis amigos y familiares, de quienes aprendí a amar bonito). Y JAMÁS EN MI VIDA me había sentido tan orgullosa de mi generación y de la gente con la que comparto este país.

Pero algo no termina de tenerme tranquila. Y es que sucede que todos mis seres queridos están bien, a salvo. Me sentí útil, ayudé con todo el amor que puedo dar, aún con un esguince que me tenía inmóvil físicamente. Sucede que algo se me rompió desde el terremoto que me tiene triste. He tratado de comprender durante esto días qué me sucede: me alegro tanto de estar en casa con los míos y se siente bien pero no se siente bien por los que no pueden decir lo mismo. Me di cuenta que mi corazón era lo que estaba roto. Ya está completo, pero herido. ¿Cómo resanar las grietas? No ha habido día que no intente ayudar un poco a aquellos que lo necesiten, ya sea quedándome con lo básico para sobrevivir o confirmando información. Y sé, que de a poco, irá sanando.

Hay algo que el mundo debe saber, hay algo que quiero permear con mi hijas, con mis conocidos extranjeros, con las próximas generaciones: vi bondad, vi solidaridad, vi tanto amor por un país que, al fin comprendí, es representado por el trabajo colectivo de la gente para la gente, no por la ineptitud de nuestro gobierno. Al fin comprendí.

No quiero soltar mi ciudad, no quiero soltarnos porque hemos tomado las riendas, porque debemos exigirle al gobierno que nos rinda cuentas de cada acción para arreglar sus errores, porque, juntos, estamos reconstruyendo nuestra ciudad y nuestros corazones.

Este texto apareció originalmente en Medium.

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