El día que conocí a mi acosador

En ese momento, mi rabia se transformó en pánico. Mis piernas cobraron vida propia y, sin pensarlo, corrí al parqueo para encerrarme en mi carro.

No quiero decir que todos los hombres son así, porque no lo son. Pero lamentablemente nuestra sociedad es machista, y posiblemente es la que transforma a tantos hombres en machos que piensan que pueden decirle a una obscenidades en la calle.

Todos los días, año tras año me topo con historias de acoso callejero a niñas y mujeres. A veces pienso que todas las mujeres nacemos con un acosador impuesto.

Esta tarde conocí al mío.

Era un hombre de unos 60 años de edad. Se veía muy serio y estaba vestido formal. No sé por qué sintió la necesidad de invadir mi espacio y acercarse para hablarme al oído.

“¡Qué niña tan linda, tan rica! ¡Mamasita!”

¿Qué pensaba? ¿Que su comentario iba a hacerme sentir alegría y agradecimiento? Lo único que yo sentía era un calor horrible, como que algo explotaba dentro de mí.

No sé de dónde saqué la fuerza para darme la vuelta y destrozarle la sombrilla que llevaba en la mano. Todo sucedió en un segundo, en los pasillos de un Centro Comercial entre la Roosevelt y la San Juan.

A mi alrededor se encontraban varias personas, entre ellas algunas trabajadoras de los locales cercanos. Aún puedo escuchar la voz de una señora que me alentaba a defenderme.

Apareció un guardia de seguridad, no recuerdo si del centro comercial o de la agencia bancaria que se encontraba a escasos pasos de la escena. “Señorita, ¿se encuentra bien? ¿Desea algo? ¿La acompaño a su carro?” El agente me ofreció sacar a mi acosador del establecimiento y me aseguró que nunca más lo dejarían entrar.

En ese momento, mi rabia se transformó en pánico. Mis piernas cobraron vida propia y, sin pensarlo, corrí al parqueo para encerrarme en mi carro.

Allí aparecieron los fantasmas de la duda. ¿Actué mal? ¿Debí quedarme y denunciar? Ahora pensaba que debí tomar su foto y sus datos, llamar a la policía, actuar legalmente. Pero no tenía tranquilidad, sólo quería llorar y correr a los brazos de mis papás, volver a mi niñez y olvidarme de lo jodido que está el mundo.

¿Me arrepiento? ¡Sí! Pero no pude controlar las piernas y salir corriendo, huir del lugar donde me había sentido tan vulnerable.

Agradezco a la gente que me apoyó, al agente de seguridad que actuó de manera rápida y a mis amigos que por WhatsApp me alentaron a seguir adelante.

Y a mi acosador, ese que en manos del agente balbuceó “ahora ni eso les gusta”, le digo:

¡No, señor!

Nunca nos gustó y nunca nos gustará. Y su madre, esposa, hija o sobrina tampoco sentirán placer ni felicidad cuando conozcan a su acosador.

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Periodista. Apasionada por los deportes, feminista, sarcástica y amante del buen café.