El gato

Mi rutina era estable, pero hace algunos meses, mientras veía el cielo por el patio antes de entrar por algo de comer, un gato gris saltó del jardín a la ventana de la cocina.

Mi vida es aburrida. No tengo amigos ni ganas de hacerlos. De lunes a viernes voy al trabajo y vuelvo a la casa que el abuelo me dejó hace algunos años. En la entrada hay un enorme y oscuro pasillo, en el que siempre me entretengo unos instantes buscando a tientas el interruptor. Cuando lo encuentro y enciendo las luces, camino entre habitaciones vacías que no me he molestado en poner en renta. Al fondo, un patio interno me lleva a la cocina, a la que solo voy en busca de algo que no tenga que cocinar. Ya con provisiones en mano, me dirijo a mi habitación y casi siempre termino dormitando en el sillón o en la cama mientras la televisión pasa crímenes de décadas pasadas o telenovelas que nunca estuvieron de moda.

Mi rutina era estable, pero hace algunos meses, mientras veía el cielo por el patio antes de entrar por algo de comer, un gato gris saltó del jardín a la ventana de la cocina, para luego huir por la terraza, maullando como si lo hubieran herido. Después del susto que me provocó el intruso, pensé que el pobre gato había venido por comida y había salido aterrado. Revisé brevemente la cocina y el pasillo y todo estaba en orden, así que fui por una bolsa de frituras y la llevé a mi habitación para terminar mi día como los anteriores.

La tarde siguiente, el gato me esperaba en el pasillo, maullando. Traté de llamarlo mientras caminaba a la pared, buscando el interruptor y aunque no me siguió, tampoco huyó. Fui a la cocina y volví con algunas galletas para dárselas, pero las vio con indiferencia y se quedó observándome. Entonces recordé que a papá y a mamá no les gustaban las mascotas y que nunca había tenido una. Puse una rodilla en el suelo y alargué la mano, para tratar de acercarme al felino y para mi sorpresa, no se movió. Mientras pensaba si estaba preparada para adoptar a un gato o no, algo debe haberlo asustado, porque salió corriendo, sin darme tiempo de acariciarlo, o alimentarlo, o quedármelo.

Sus visitas se hicieron frecuentes. Tanto que empecé a pasar al supermercado por comida y galletas para él, esperando que en algún momento quisiera comer. Al llegar a casa y mostrárselas siempre las olfateaba, indiferente, y sus profundos ojos grises recorrían mi nariz, mi boca, mis ojos y mi cuello. Su mirada profunda me incomodaba un poco, pero sentirlo cerca me hacía sentir menos sola.

Un día, mientras ponía su comida en el suelo, se acercó a mi pierna y se frotó contra ella, ronroneando de placer mientras yo evitaba moverme y sentía los brazos erizándoseme con su contacto. Estuvimos así algunos minutos y luego, cuando estuvo satisfecho, se fue. Me quedé pensando que quería que se quedara y la noche se me fue viendo a la puerta y esperando a que volviera.

El frotarse contra mi pierna se nos hizo rutina. En cuanto lo hacía, sentía su ronroneo subir en mi cuerpo, picándome en la lengua, en los dedos, en el cuello. Empecé a soñar con él. Con sus ojos grises y la forma en que mi cuerpo respondía a sus caricias. Soñaba que subía al sillón y me dejaba acariciarlo. Cuando despertaba, mi piel aún estaba eriza y pasaba el día esperando para verlo de nuevo.

Empecé a dejar abierta la puerta de mi habitación cuando iba al baño. Siempre que regresaba, el gato iba saliendo. Entonces me acercaba a la cama y sentía el calor de su cuerpo desprendiéndose de mis sábanas y me alegraba pensar que se estaba acercando a mí. A partir de esos encuentros, dejé de dormir bien. Soñaba al gato durmiendo en mis sillones, acompañándome, viéndome mientras me bañaba y dejándose acariciar. Me despertaba incómoda y me sentía ansiosa por lo que el animal me estaba causando.

Una mañana, mientras salía de la ducha, vi su silueta en la ventana del baño. Cuando la abrí, salió huyendo. No me molesté en cerrarla de nuevo y el día siguiente, por la mañana, lo vi observando mis movimientos fijamente mientras la espuma del jabón limpiaba mi piel. Sentí frío en la espalda, pero continué mi baño, sonriendo y pensando que el gato disfrutaba tanto como yo de mi baño. A partir de entonces, empezó a llegar por las mañanas y las noches y aunque su resistencia me molestaba, las sensaciones que me provocaba mientras lo veía observarme me producían placer y me hacían sentir confundida.

La semana pasada comí algo que me indigestó en el trabajo y llegué deshecha a casa. El gato no estaba. Traté de descansar un poco pero las ganas de vomitar me lo impidieron. Dejé la puerta de mi habitación abierta y no me dio tiempo de encender ninguna de las del pasillo. Estuve un buen rato tratando de liberar mi cuerpo de la intoxicación y cuando volví, vi una sombra enorme, como de un hombre alto con sombrero, asomándose por la puerta. Al terminar la sombra, lo que salió de mi habitación fue el gato. Tardé un poco en entrar porque moría de miedo, pero al hacerlo, no encontré nada. Pensé entonces que estaba muy cansada y que el poco dormir y el mucho pensar en el gato me estaban haciendo daño.

El día siguiente decidí que ya no quería que el animal me viera al bañarme, así que cerré la ventana. Mientras me desvestía, vi pasar la misma sombra del hombre ensombrerado y ya no creí que fuera producto de mi malestar de la noche anterior. Salí del baño y encontré al gato, viendo la ventana sin atreverse a subir. Lo ahuyenté y salió por el patio en un par de segundos, pero la imagen de la sombra apareció intermitentemente todo ese día en mi cabeza.

La siguiente noche, el gato no estaba cuando llegué y decidí repetir el proceso de dejar la luz de mi habitación encendida y el pasillo a oscuras mientras iba al baño. También la siguiente. Y la siguiente. Y la siguiente. Y todas las veces, la suma de la luz contra el cuerpo del gato, daba como resultado que el hombre con sombrero salía de mi cuarto. Al llegar a mi cama, esta seguía caliente, caliente del maldito animal.

Este jueves fingí ir a al baño en cuanto escuché al gato en la terraza. Ya adentro, esperé algunos segundos, contando con que entrara a mi habitación. Entonces, caminé sigilosamente, casi pegada a la pared del pasillo, con la certeza de que iba a encontrarme de frente con el hombre de sombrero que me había acompañado los últimos meses. Estaba a punto de llegar a la puerta cuando mi zapato se desprendió del talón, haciendo ruido y solo me dio tiempo de asomar la cabeza hacia adentro, para encontrarme con una figura larga que con cada paso se fue compactando hasta volverse el gato gris de siempre en mi pasillo.

El corazón me reventaba en el pecho y me sentía asustada y mortificada por el ruido que no me dejó ver qué era lo que había estado en mi casa en los últimos tiempos. Sentí que me faltaba el aire y decidí que necesitaba descansar y reponerme de la conmoción que sentía. Caminé a la cama con la intención de hacerlo, pero me detuve porque mis pies tropezaron con el sombrero que en la huida se le cayó al gato.

Desde entonces he regresado a la rutina de dormitar mientras la televisión está encendida. Mi vida ha vuelto a ser tan aburrida como antes y ya no he pensado en qué pudo haber pasado la noche del jueves. De más está decir que el gato no ha vuelto, pero he despertado los últimos días con la espalda eriza, los nervios crispados y su sombrero entre las manos.

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Nace en 1988. Estudiante de letras de la Universidad del Valle de Guatemala. Autora de los libros Historias incompletas (Extracto) y El año que Lucía dejó de soñar (Santillana).