El hombre del taxi

#YoTambién

Una tarde, cuando salía de un centro comercial busqué un taxi. Recuerdo que me subí con gran confianza, pero que el taxista repentinamente cambió la ruta. Me dijo que si no hacía lo que pedía me iba a matar, y empezó a preguntarme sobre mi vida privada: dónde trabajaba, cuánto ganaba, si me pagaban por quincena o a fin de mes, si tenía hijos, cuál era la dirección de mi trabajo y de mi casa. A pesar de mi nerviosismo y de sus amenazas, pude darle datos falsos.

Le supliqué varias veces que no me hiciera nada. Yo iba en la parte de atrás y él, mientras manejaba con una mano, con la otra buscaba dinero entre mis pechos. Me tocó por todos lados; meses después, aún podía sentir cómo sus dedos rozaban las partes más íntimas de mi cuerpo.

Me dejó en una calle cercana a la dirección que le había dado al subirme. Llamé a una amiga para que llegara a pasar la tarde conmigo, pero no me atreví a contarle todo.

Mi novio, ahora mi esposo, estaba estudiando una maestría en España. En cuanto se conectó al chat le conté un poco más sobre lo que me había pasado. Lloré tanto esa noche, estaba asustada sólo de pensar que el tipo pudo violarme o matarme.

No fue hasta hace unos meses, mientras hablábamos del tema con mi esposo, que por fin le conté todo con lujo de detalles. Recordé cómo sentí las manos de ese hombre en mi cuerpo por mucho tiempo.

Semanas después, vi otra vez al hombre del taxi.

Su cara estaba publicada en el periódico; era parte de una banda de violadores que operaban como taxistas en la Calzada Roosevelt. Varias víctimas lo habían denunciado. No sé por qué yo no denuncié. Quizá porque no me violó, o porque como mujeres, estamos acostumbradas al silencio.

En eso pensé cuando vi la valiente columna de Dina Fernandez, El hombre en la ventana, en nombre de todas esas mujeres que han pasado por algo similar. Después de leerla busqué entre mis recuerdos esas historias que también me hacen sentir violentada.

Pensé en la primera vez que alguien me tocó, en la escuela. No fue un hombre, sino una compañera de estudios que era mayor que nosotras. Tenía la costumbre de quitarse el zapato y tocarnos con el pie por debajo de la falda. La primera vez que lo hizo fui corriendo a decirle a la orientadora, pero ella no hizo nada.

Pensé en la segunda vez, cuando tenía 12 años. Estaba entre la multitud en una feria cuando sentí cómo alguien, que ni siquiera alcancé a ver, metía sus manos entre mis piernas. Fue rápido pero horroroso.

Y pensé en la tercera vez, en la del hombre del taxi. “Dale gracias a Dios porque no te violaron”, me dijo alguien cuando le conté mi experiencia. “¿Entonces tengo que estar agradecida porque me tocaron?”, contesté.

Porque esas son experiencias que simplemente no deberían pasarle a nadie. Porque pensar en un peor escenario, o en que a Fulana le fue peor, no nos quita el hecho de ser víctimas de abuso.

Hice un sondeo entre mis grupos de amigas en WhatsApp, y las historias de agresiones sexuales son incontables. Una de ellas recuerda al hombre del parqueo que le gritó “¡rica!”, mientras cargaba a su bebé en brazos y lo subía al carro. Otra me contó del hombre de la calle que no sólo la tocó, sino le escupió en la cara. Del hombre de la camioneta que le eyaculó en su pantalón beige.

Yo tampoco olvido mis tres experiencias. Tal vez aquella orientadora de la escuela me enseñó que las denuncias no sirven de nada, y por muchos años le creí.

Pero las mujeres valientes que han denunciado, que han escrito y contado sus historias me han demostrado que se puede, que #YoTambién puedo.

Rompamos el silencio.

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