Mi hermosa y brutal carrera casi me desbarata

Escribir y escuchar música han sido para mí más que hobbies, o una burda manera de ganarme la vida. Con ambas actividades he mantenido un intenso idilio desde que puedo recordarlo.

Tengo muy fresco en la memoria un radio amarillo y mis diminutas manos pálidas intentando sintonizar una estación. Recuerdo cómo los sábados eran mis días predilectos, porque pasaba las mañanas en la rockola del local de Don Luis, mi abuelo, cómo sentía que con cada moneda le daba vida al aparato. “La Copa Rota” se convirtió en mi canción favorita cuando no tenía ni seis años.

A esa edad también empecé a contar historias. Al inicio se las narraba a mi abuela, quien pensó que lo mejor sería enseñarme a escribir, para que así pudiera compartirlas luego con otros. A los cinco años describía, con vergonzosa caligrafía, cómo los gatos de casa habían fraguado y ejecutado grandes robos, por ejemplo.

A nadie en mi círculo cercano le extrañó, entonces, cuando me inicié en el peculiar universo de los medios de comunicación.

Quizá lo diferente fue la manera en que ingresé. A los 16 años, mi falta de filtro a la hora de hablar, mi obsesión con la música, el cine y los datos curiosos y mi voz de niño eternamente gangoso me habían ganado una invitación a una cena para hacer una prueba de locución. Aunque claro, probablemente no era más que un gancho para atraer a gente hedionda a feromonas. Carne fresca en el asador.

La siguiente parada, luego de una pausa por estudios, fue ganar un concurso al que me inscribí con reservas y por insistencia de una amiga. En mi mente escéptica y desconfiada no se trataba más que de un ardid publicitario en el que todo estaba ya arreglado y en el que el “ganador” estaba designado de antemano. Pero al cabo de algunas semanas y tras pasar varias etapas, me tragué la reticencia, gané el concurso y conseguí un empleo.

Casualmente, de las otras dos locutoras en la estación una se cambió a otra de las frecuencias y la encargada del prime time se fue a una capacitación en Colonia, Alemania.

La novata en la franja estelar.

Hubo de todo, gente bien intencionada deseando lo mejor para mí, enemigos instantáneos que deseaban que desapareciera por “usurpar” el trono de su presentadora favorita, comentarios misóginos porque al parecer era impensable que alguien con vulva pudiera hablar de rock. Y claro, no faltaron los “nacionalistas” derramando bilis por mi entonces marcado acento mexicano. Pero la libré. Al volver la titular de las tardes, me hice cargo de una franja en la mitad de la mañana.

A mi salida, tres años después, había producido varios programas, incluido mi propio show nocturno de entrevistas, amén de encargarme de segmentos previamente grabados para el fin de semana y de la conducción en eventos masivos.

Para muchos estaba viviendo el sueño, ya que gracias a la radio llegaron otras oportunidades, en un inicio como fuente para secciones juveniles (siempre hablando de música), la producción y aparición en un segmento cultural en un programa de TV por cable y el iniciarme en medios escritos como colaboradora para el suplemento Monitor.

Y me volví adicta al trabajo. El reconocimiento era intoxicante, y de manera consciente dejé que mi carrera me definiera, me creé un personaje de comunicadora exitosa aderezado con un aura de niña terrible. Ante todo debía ser irreverente y sobresalir.

Escribí sobre mis desórdenes alimenticios de una manera bastante gráfica y puse a la vista del público mi depresión y mi ansiedad; todo a 6 columnas. Hablé de sexo, de suicidio y de mis vicios. Fui esa criatura que hacía sufrir a su editor entregando sus textos al último momento, pero que a la vez se había dejado hasta la médula en ellos. Llegué a tener tres empleos al mismo tiempo, y a trabajar sin un día de descanso por casi 5 meses continuos, y con jornadas de 15 horas.

Ganaba más plata que muchas personas que casi me doblaban la edad y vivía para mi trabajo. Esa era mi identidad y nada se le comparaba; no había familia, amistades ni relaciones amorosas que pudieran más que eso. Mi carrera era lo que importaba.

Y también la fiesta dura.

Así como trabajaba hasta los extremos de la fatiga, también me iba de marcha hasta 6 veces por semana.

Apenas comía, y era raro que lograra dormir más de cuatro horas diarias. Me mantenía en pie con pastillas.

El prestigio era mi refugio, porque en realidad no me gustaba a mí misma y me había confeccionado una coraza a partir de mi título y de la cantidad de gente que quería ser mi “amiga”.

Porque a mis verdaderos amigos, a los pocos, les tocó ver la miseria, ver cómo bajaba cada vez más de peso, lidiar con mis ataques de pánico o las crisis de llanto al final de algunas noches de juerga. También les tocó sortear periodos de ausencia, en los que sabían que estaba viva sólo porque no había aparecido un obituario, ni una infame historia de cómo la peste había guiado a los vecinos a mi cuerpo putrefacto y a los alaridos de mis gatos famélicos.

Sólo paré para ir a rehabilitación, y luego un par de veces más para salir del país a estudiar. Pero al volver siempre era lo mismo, sumergirme hasta el fondo y sin descansos para respirar, aún en años recientes en los que he logrado hacer la paz conmigo.

Supongo que era una especie de condicionamiento, y ya no sabía vivir si no era dentro de la piel de mi personaje.

Afortunadamente, un episodio en el que el litio dejó de funcionar, justo en el medio de mi paso por un medio digital, logró curarme; un poco a la brava porque ni mi sed de sobresalir pudo con el insaciable monstruo de los clics y las páginas vistas. Ese en el que no importa si lo que publicas es una basura toda vez se convierta en el fenómeno viral del día.

Tampoco aguantaba más la corriente radial de la estupidez que confunde la irreverencia con la falta de respeto a su audiencia; no podía seguir siendo parte de esa bestia que ruge si hablas de salud reproductiva pero que avala conductas machistas.

Y me salí.

Luego de semanas de insatisfacción presenté la renuncia a mi trabajo como editora y al poco tiempo fue más grande la sensación de alivio que la tristeza al ser despedida vía telefónica de la radio en la que trabajaba.

Finalmente lo había entendido, el mundo corporativo estaba acabando conmigo. Como dicen, experimenté un momento de lucidez en medio de la crisis y decidí no volver a lo mismo nunca más.

Y aunque tenga en incubadora proyectos relacionados con la comunicación, porque hay amores que no te dejan, ya no seré una tuerca más en la implacable máquina de los medios masivos.

Prefiero ser una persistente flor de banqueta en mi propio universo independiente.

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