La complejidad traslúcida del Día de la Guadalupe

***

Cuando invité a mi mamá a ir a la Ciudad de México para la pasada semana santa, sabía que ella querría conocer la Basílica de la Virgen de Guadalupe. Aunque ya no soy católica ni tampoco creo en dios, quiero mucho a mi mamá y sabía que para ella era importante ir. Tuve que guardarme mucho de los pensamientos que tuve al estar en ese lugar para no arruinarle la visita.

No creo que se pueda negar que la historia de la aparición de la Virgen está íntimamente ligada al proyecto colonizador. La Virgen se le ‘aparece’ a Juan Diego en 1531, tan solo diez años después de la caída de Tenochtitlán a manos de Hernán Cortés, y le pide que construyan un templo en su honor. No les pide a los invasores españoles que respeten a los indios, tampoco les dice a los indios que se revelen y luchen. Y aunque para muchos significó el reconocimiento de los indios como humanos (algo que décadas después sería debatido en la Junta de Valladolid) e hijos de la Virgen, también sirvió como un arma ideológica poderosa para mantener el incipiente sistema colonial que se estaba comenzando a instalar.

Actualmente en el cerro del Tepeyac hay una escultura especialmente ilustrativa de este punto. Se llama “La Ofrenda” y se trata de varios indios inclinados ante la Virgen ofreciéndole regalos.

***

Es 12 de diciembre de nuevo y muchas personas en Guatemala ‘disfrazarán’ a sus hijas e hijos de ‘inditos’ y los llevarán a ver a la Virgen de Guadalupe. A los ‘varoncitos’ hasta se les pintará un bigote.

Presentar a las niñas y niños, con trajes indígenas ante la Virgen de Guadalupe da cuenta de un sincretismo cultural colonial vigente aún. Podría llamársele mestizaje, sin embargo, hay que tener en cuenta que para el caso guatemalteco el mestizaje ha tendido más hacia una asimilación de lo blanco que hacia un reconocimiento de lo indio. Es por eso, que el disfraz de indito es exagerado, porque las niñas y niños mestizos tienen que parecer inditos, no tienen que serlo. Los otros 364 días del año (a excepción de cuándo en el colegio les pidan disfrazarse de inditos para el mercadito) el disfraz se guarda y la distinción vuelve a ser clara. Surge de nuevo la exaltación a los rasgos de blancura, sean físicos o culturales.

La ideología mestiza guatemalteca ha sido siempre ladina. Un proyecto decimonónico impulsado para homogenizar a la población no-india y no-criolla; un proyecto de nación que posibilitó el genocidio al despojar de su cultura a muchos de los soldados reclutados para luego adoctrinarlos de tal forma que fueran capaces de cometer atrocidades. Un proyecto que, luego de la firma de la Paz y del surgimiento del multiculturalismo, creyó verse amenazado y, por lo tanto, lleva más de diez años impulsando varias campañas publicitarias nacionalistas. Un proyecto en la búsqueda de una hegemonía que, a pesar de todo, no ha logrado asentarse.

Escribo esto estando lejos de Guatemala, conociendo a muchos latinoamericanos gracias al idioma colonial que nos une. Un rasgo de ese mestizaje. Pero me cuesta ‘identificarme’ como mestiza. Ni siquiera como una “mestiza que busca una descolonización de su propia subjetividad” como lo hace Silvia Rivera Cusicanqui. Porque a diferencia del resto de América Latina, en Guatemala el genocidio ocurrió hace tan solo treinta años. Está tan reciente. Y lo puedo sentir; cierro los ojos y recuerdo la vez que estuve parada frente a una fosa común de la cual se exhumaron decenas de osamentas, en el destacamento militar de San Juan Cotzal.

También me cuesta identificarme como mestiza porque siento que es una re-ocultación de mi historia familiar, descendientes de indios kaqchikeles. Una historia que descubrí por mi cuenta, porque en mi familia nadie me habló de eso. Pero no hablo el idioma ni he vivido en una comunidad kaqchikel; más bien, hablo idiomas extranjeros y me beneficio de los privilegios mestizos. Identificarme como indígena me suena a apropiación. Como añadir insulto a la injuria.

Y vuelvo a escribir historias personales, porque sigo siendo inspirada por feministas negras, como Audre Lorde y Maya Angelou. Porque la complejidad de la identificación no me lleva a una conclusión lógica que propone nuevas identificaciones. Tampoco me lleva a una propuesta de abolición completa de las identificaciones ya existentes. Por el momento, sigo quedándome en la complejidad (staying with the trouble).

Una complejidad que deviene traslúcida cada 12 de diciembre.