La expresión de nuestro descontento como acto de amor

¿Por qué hablar de amor en un momento en que una gran parte de la ciudadanía estamos sintiendo todo lo contrario? Porque ese odio que estamos sintiendo hoy es consecuencia de nuestra relación disfuncional con el sistema.

En su ensayo “Political Idealization and its discontents”[1], Wendy Brown hace una reflexión acerca de lo que significa el civismo en nuestra época. Para ello hace una clara distinción entre dos formas de amor político (o la lealtad política), recurriendo a los planteamientos de Freud, por un lado y los de Sócrates, por otro.

Si bien no existe una formulación universal de la relación que debe haber entre la ciudadanía, la lealtad y la crítica, un ejercicio obligado debería ser el de explorar cómo esta relación se configura en tiempos de crisis, como el que estamos viviendo actualmente en Guatemala. Es importante resaltar aquí que la ciudadanía no se ve afectada o limitada por el disentimiento político o la crítica, y que, al contrario, hay momentos en los que la rebelión política es legítima. Pero sin irnos a los extremos, vale la pena cuestionarnos nuestro papel como ciudadanos en general, y a partir de ello identificarnos, consecuentemente, en la crisis.

Pero ¿por qué hablar de amor en un momento en que una gran parte de la ciudadanía estamos sintiendo todo lo contrario? Porque, como muestra Brown en su ensayo al que hago referencia, ese odio que estamos sintiendo hoy es consecuencia de nuestra relación disfuncional con el sistema, no porque lo odiemos en general, sino porque hemos caído, en muchos casos, en la ceguera de un amor pasivo, cuyas bases se encuentran en la idealización: esa que cada cuatro años nos lleva a las urnas, la que quizás nos llevó a ellas hace casi dos años.

Uno de los peligros del amor es que puede caer fácilmente en la idealización –aspecto resaltado por Freud– y con la idealización viene no sólo la ceguera, sino la ausencia de crítica y la imposición. Este es el amor característico del patriotismo, donde la lealtad política es vista desde una perspectiva paternalista. Los sentimientos de unidad nacional y patriotismo van de la mano de un discurso que apela a la bondad y la victimización, y donde la crítica es tachada de deslealtad. “La ecuación del disentimiento con la deslealtad tiene sus ramificaciones culturales y políticas, especialmente cuando se combina con declaraciones estatales tales como “si no estás con nosotros, estás en contra de nosotros”, una formulación que tácitamente apoya las restricciones al disentimiento promulgadas por corporaciones y medios al tiempo que sostiene la legitimidad del Estado como protector de la libertad de expresión”, escribe Brown.

Es un discurso común entre los defensores del statu quo el llamado a la “tranquilidad” o la “paz”. Cuando la clase gobernante siente que sus intereses se ven amenazados, esta apela a la intuición y a emociones nacionalistas (tribalistas) de “unión” y lealtad. Sin embargo estas ideas son erróneas y su asociación es peligrosa.

El civismo, a diferencia del patriotismo, es un amor que critica eso que ama con el deseo de mejorarlo. Sócrates, en la voz de Platón, como menciona Brown, fue de los primeros en insistir en la “íntima relación entre el amor y la ciudadanía, el amor y el conocimiento, y el amor y la virtud”. En la Apología, Sócrates se muestra como el rebelde a quien el sistema condena pero quien está dispuesto a aceptar dicha condena como acto de amor. Para él, retar de frente al statu quo era una de las formas más elevadas de ciudadanía y una actitud a la que no renunciaría aún de cara a la muerte. Ese reto consistía en un cuestionamiento permanente de las formas del sistema y sus miembros, de los comportamientos comúnmente aceptados y un análisis riguroso de las nociones de verdad y justicia por ser la base de todo proceso intelectual (la búsqueda del verdadero conocimiento) y por ende de la vida política –aspecto central del politas griego–. Así, Sócrates demuestra que lealtad política no significa apelar al poder de quienes de este se han hecho (aún si se lo hemos concedido nosotros) y permanecer incólumes a sus actos sino estar en desacuerdo, comprometidos en una crítica apasionada como “último acto de amor, incluso último acto de lealtad”, como señala Wendy Brown en su ensayo. “De Sócrates, en la Apología, tenemos un argumento de que disentir de las prácticas existentes, incluso una critica masiva al régimen, no es meramente compatible con el amor y la lealtad a una comunidad política sino la forma más suprema de dicho amor y lealtad”, agrega. La famosa afirmación socrática de que la vida no examinada no vale la pena, parte de lo anterior.

En Guatemala, estamos acostumbrados a vivir en la paradoja sorites, pensando que pequeños cambios no llevan a un cambio significativo, de modo que aún en nuestros actos cotidianos no estamos dispuestos a cuestionar, criticar o hacer cambios mínimos. Cuando la crisis llega es fácil sentirse limitado, incluso ajeno, y dejarse llevar por los discursos tradicionales “pseudo-pacifistas”, repetir lo que dicen los medios o hacernos de la vista gorda. Esa pasividad ha permitido que los “pequeños” pasos que va dando el gobierno, sustentado por un sistema rancio y poluto, también den lugar a mayores y lamentables consecuencias.

En su ensayo, Brown nos recuerda que en el Critón Sócrates hace una analogía entre los padres y las leyes, algo que fácilmente nos puede hacer incurrir en la idealización, pero también nos advierte que, desde una perspectiva psicoanalítica, el amor al padre –a partir de esa idealización- también está ligado al odio, al deseo y la frustración, a la rivalidad. Para la autora esta comparación es importante pues desde la visión freudiana la extrema idealización, ligada a la lealtad tradicional, implica la supresión de la hostilidad inherente al objeto idealizado, una hostilidad que la crítica o el disentimiento podrían articular. Es a partir de lo anterior que se propone “la crítica como des-idealización productiva”, abrazando la visión socrática.

El patriotismo convencional le teme a la crítica pues se alimenta de la idealización. Mantiene su imagen inventando enemigos comunes y buscando crear coaliciones alrededor de estos, incurre una y otra vez en falsas dicotomías y generalizaciones absurdas confiado en la ceguera de aquéllos que aún lo idealizan. Lo único que puede debilitar esa idealización es el disentimiento y una forma fácil de deslegitimarlo es catalogándolo de “violento”.

El desafío se encuentra en el hecho de que esa idealización no es solamente imaginaria. Como señala Slavoj Zizek en “El Sublime Objeto de la Ideología” (citado por Brown), la idealización política depende de la identificación simbólica, lo que significa que está inmersa a tal punto que se refleja en los deseos y las fuerzas sociales. Más allá de los conceptos a los que nuestros políticos apelan, entonces, esa idealización se encuentra en nuestros mismos comportamientos, los aspectos palpables que justifican la idealización misma. “Las idealizaciones que genera y de las que vive la identificación simbólica son extremadamente poderosas como estrategias de legitimación; el trabajo de la identificación simbólica aquí es generar un ideal patriótico que niega su superposición con la violencia del Estado”, apunta Brown. Así, nuestros propios comportamientos le han servido al sistema para despistarnos de los suyos a la vez que justificarlos. Y aspectos propios de nuestro discurso personal han sido adoptados por el del gobierno construyendo una máscara caracterizada por la victimización y el sentimiento religioso de culpa dando lugar a una identificación o sentimiento de empatía más que al rechazo en gran parte de la población.

Si como guatemaltecos seguimos idealizando cada cuatro años a nuestros candidatos, y no hemos sabido adoptar la práctica de la crítica y el cuestionamiento a nuestros propios actos, difícilmente podremos aplicarlo ante los actos del sistema. El comportamiento de nuestros gobernantes es un lamentable espejo de nuestro propio comportamiento, de lo que somos como cultura. Pensamos que una pequeña mentira no importa si nos beneficia en el corto plazo, engañamos a nuestros clientes, a nuestros empleados… Cometemos fraude, normalizamos la extorsión, premiamos al tramposo, nos pasamos la luz roja. Así como le hemos querido ver a cara a otros nos quiere ver la cara el gobierno. Pero nosotros lo hemos dejado: nosotros hemos perpetuado la costumbre. De la mano de lo anterior, esa política paternalista con la que nos hemos dejado engañar, ha ido ganado terreno. Es momento de criticarla, de disentir, de rebelarse. Tenemos razón de estar molestos pero no podemos negar nuestra responsabilidad (más bien irresponsabilidad) en ello.

Hagamos un llamado al amor, pero no a ese amor pasivo, idealizado y paternalista con el que algunos intentan apaciguarnos a otros, sino ese amor que critica, esa muestra profunda y comprometida de ciudadanía: la que busca mejorar el sistema porque cree que un día todos sus miembros deberían tener la oportunidad de florecer. Y sí, puede que esta sea otra idealización, pero una idealización que parte de una noción de amor más certera, y que nos mueve, mas que estancarnos. En las palabras de Wendy Brown: “Esto implicaría desarrollar una autoconciencia política sobre la naturaleza del amor cívico (…). Tal discurso podría articular posibilidades para un amor al país orientado hacia una ciudadanía más reflexiva y más empoderada que pasiva”. Esta ciudadanía no se refiere sólo a la que “ejercemos” en tiempos de crisis, sino a la que nos define en el día a día como verdaderos ciudadanos.

[1] Wendy Brown, Edgework: Critical Essays on Knowledge and Politics. Princeton University Press 2005.

Imagen: @Juan Francisco Muñoz, CIRMA.

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Profesora y estudiante permanente de historia, arte y filosofía. Me gusta enseñar a otros a pensar diferente y cuestionar. La escritura es un ejercicio con las mismas intenciones. Comencé a escribir hace 20 años.