La feminista que no soy

El feminismo dominante no me atrae, con su mujer-individuo independiente y racional. Las redes de cuidado son la única forma de sobrevivir.

Siempre me pareció impreciso el desprecio intelectual por la televisión. Crecí en los noventa en la colonia Roosevelt de la ciudad de Guatemala, en un ambiente pos-guerra con un sentido de barrio aniquilado que nos dejó a los niños de esa generación confinados únicamente a las paredes de la casa. No tuve más remedio que acompañarme de la televisión y de los pocos libros que había en la casa.

Lo que veía en Discovery Channel, y lo que mi papá me contaba acerca de su hija mayor estudiando en Francia, despertó en mí un deseo por salir. Salir de la casa, salir de lo esperado, salir del país. Ser independiente y viajar, conocer el mundo. Cuando a los 21 años me subí en el avión que me alejaría de Guatemala por un año, me sentí “empoderada”. Era por fin una mujer independiente, que lograba lo que se proponía y que iba a estudiar, viajar y conocer mucho.

Escribo esto y sonrío, recordando lo ingenua que solía ser.

Y es que esa imagen ideal de mujer empoderada que el feminismo dominante propugna, en realidad no me va. Me di cuenta de un soplón, como si una cubeta de agua fría me hubiera caído encima y no me podía quitar la ropa ni secar inmediatamente. Me tomó 21 años darme cuenta que mi empoderamiento personal nunca hubiera sido posible sin las redes de cuidado que me sostuvieron, y a las que nunca les había puesto atención.

Darme cuenta de esa miopía me provocó una congoja tan grande que tuve que regresar a Guatemala seis meses antes de lo planeado. Al regresar tuve una suerte espectacular: comencé a trabajar en lo que fue el espacio de mayor aprendizaje intelectual que he tenido; y también comencé una relación que se mantiene y sigue creciendo en amor.

Y ahora a mis 27, con más lecturas encima y con una mayor experiencia en el activismo, volví a salir de Guatemala. Pero ahora, sin la ingenuidad de hace seis años; ahora con un sentimiento distinto: las relaciones que construimos con los otros y el cuidado que le dedicamos a esas relaciones, eso es lo más importante.

——————————–

La historia lineal del feminismo dice que éste nació como una suerte de hija bastarda de la Ilustración, una hija fiel a la racionalidad ilustrada que va a pedir ser incluida en el andamiaje liberal occidental. Llegará así a constituirse un determinado tipo de sujeto feminista: la mujer empoderada, exitosa e independiente, capaz de hacer lo mismo que los hombres. Va ser un feminismo en búsqueda de la igualdad.

Va a ser así que, a las mujeres de clase media-alta, educadas y progresistas, se les comenzara a educar en vías de su emancipación y dependencia. Se les dirá que es difícil romper los estereotipos de género, pero que es posible (“Tú sola puedes, no necesitas de un esposo, no tienes que tener hijos, concéntrate en tu carrera”). Pero como bien han señalado las feministas negras y las feministas decoloniales, esos estereotipos de género no fueron alocados a todas las mujeres. María Lugones, por ejemplo, dice que en Occidente eran mujeres sólo las blancas burguesas, mientras las demás no-blancas fueron vistas y tratadas como animales “en el sentido profundo de ser seres «sin género», marcadas sexualmente como hembras, pero sin las características de la femineidad.” (2008: 94)

Mi empoderamiento personal nunca hubiera sido posible sin las redes de cuidado que me sostuvieron.

Y entonces los feminismos-otros van a cuestionar también la racionalidad ilustrada del feminismo dominante. No sólo los feminismos negros y decoloniales, sino también los marxistas que le pondrán atención a la reproducción social y dirán que la acumulación originaria de la que hablaba Marx es visible en el trabajo no remunerado que realizan las mujeres.

Pero esta brevísima genealogía, se complejiza con las ideas que vendrán de los feminismos comunitarios de Abya Yala, que hablan del Buen Vivir y de las redes de la vida y del cuidado. La mujer-individuo independiente, empoderada y racional no tiene lugar aquí.

Por otro lado, desde la teoría queer, feminismo post-humanista y sus variantes (la mayor parte provenientes del norte global) también pondrán el énfasis en la interrelacionalidad, o en eso que Donna Haraway llama string figures.

——————————
Y resulta que la teoría informa mi experiencia y mi experiencia le da sentido a la teoría con la que me encuentro, y va a ser así como el feminismo dominante dejará de atraerme.

No quiero ser la mujer independiente y exitosa que quería ser a los 21 años. Quiero ser feliz, y quiero que los nodos de mis redes sean felices también. Es, quizá, otro tipo de ingenuidad, pero una que percibo menos violenta.

Estoy viviendo en uno de los lugares más seguros del planeta, pero siento aún en el pecho el peso que es Guatemala. Y no creo sentirlo por “amor a la patria”, sino porque mis redes siguen allí. Las personas que amo siguen viviendo como guatemaltecos; sí que de clase media, pero con todo el bagaje emocional que implica vivir en la ciudad capital del país.

No está a mi alcance la soledad. Especialmente en un contexto como el guatemalteco, donde sé que el Estado a duras penas es capaz de garantizar servicios necesarios de cuidado: es entre nosotres que tenemos que cuidarnos. Es la única forma de sobrevivir. El reto es librarse de los cautiverios, pero sin olvidar la comunidad. Con una solidaridad flexible, quizá vayamos cambiando un poco la realidad.

Foto: Santiago Billy/Comvite