La niña de Guatemala (la que se niega a morir en el intento)

Soy semilla abonada con genocidios, desnutrición, racismo e indiferencia. La niña que soy vive en el intento.

“Qué haré por Guatemala cuando sea grande?” se llama el concurso de dibujo que promueve McDonalds desde hace muchos años. Enorme pregunta esa para que responda un niño. Inclusive si se es uno de los pocos niños chapines que sobrevivió a la infancia, que logró comer y que logró estudiar.

Enorme pregunta. Y lo digo por experiencia propia: gané ese concurso. Dos veces lo gané. De premio obtuve una moto, un peluche del Comebatidos y una enorme pregunta por responder: “Qué haré por Guatemala cuando sea grande?”.

“Buscar la igualdad en una sociedad que no toma en en cuenta a las niñas, fue lo que escribí como respuesta. Y dibujé a una niña sonriente.

Y justamente así es que sucede: no somos tomadas en cuenta, a menos que sea para limpiar la casa, cocinar, procrear o aprender a obedecer. Aprender a obedecer y hacerlo con una sonrisa puesta.

Me ha llevado años esto de responder a tal pregunta. Soy grande ya. Soy grande y siento no haber logrado nada en mi intento. Nada, o casi nada.

Pocos saben que las niñas somos semillas. Semillas de anhelos, de sueños y estrellas. Las niñas albergamos vida, memorias, colores y emociones.

En el trayecto he entendido –eso sí– que los anhelos no mueren. Lo digo por experiencia propia: mi infancia y mis sueños pendientes se durmieron. Hace años puse en pausa mi anhelo de ser pintora, pero aún suspiro al sentir el olor del acrílico sobre el lienzo. Sueño colores y formas y las guardo, las guardo para más tarde.

Pocos saben que las niñas somos semillas. Semillas de anhelos, de sueños y estrellas. Las niñas albergamos vida, memorias, colores y emociones. Y el vientre se nos llena de lunas y amores que luego se abonan y nacen para volver a dar vida en un ciclo interminable y sagrado.

“Qué haré por Guatemala ahora que soy grande?” esa misma pregunta es la que me empuja a seguir creciendo.

Y la respuesta es igual de compleja que la pregunta.

La niña que fui es hoy una de esos “malos chapines” que “critica y no propone”. De esos que siente que “su” Guate no es suya, aunque el DPI la delate. No voté por Carlos Peña y no comparto los videos de la Glow. No ayudé en la Teletón.

Crecí y no soy –ni seré– fan de Arjona. No pido ni doy limosna para “Techo”. Nada de banderitas patrias ondeando en mis ventanas del carro durante las fiestas de septiembre. Soy de esas que a la primera oportunidad de beca o boda sale corriendo al extranjero. De los chapines que entienden a este país como un purgatorio dantiano y que sueña con irse, irse para no volver. Pero me quedo. Me quedo porque soy semilla y mi tierra es esta.

Soy semilla abonada con genocidios, desnutrición, racismo e indiferencia. La niña que soy vive en el intento. Vive apaciblemente acunada en ese preciso lugar que existe entre el alma y el aire que respiro. Guardada, al igual que mi apuesta por la igualdad.

Soy –aún– la niña que no ha hecho casi nada por Guatemala, conformada por sueños pendientes.

Soy –aún– la infancia abonada con tanta mierda, pero esperanzada por la eterna primavera.

Soy la infancia que sobrevive entre la violencia, el tráfico, el machismo y el desdén.

Soy la niña de Guatemala que se niega a morir en el intento.

(Originalmente publicado en La Xime Fuentes)

Foto: Santiago Billy, Comvite

 

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