Lo que me pasó cuando leía en un parque

Esto me pasó hace como una hora. Escribí lo que me salió en ese momento porque iba en el bus y necesitaba sacarlo; sentía que necesitaba hablar con alguien pero no había nadie.

Me acaba de pasar algo horrible. Algo que al leerlo, para muchos, va a sonar ridículo. Desde ya puedo escuchar los comentarios de los hombres, “qué exagerada”, “no era para tanto”. Qué dramática, qué showera.

Pero sé que hay muchas mujeres que me van a entender. Porque les ha pasado algo parecido, algo peor, o porque tienen la habilidad de caminar en mis zapatos.

Estaba sentada en un parque. Y no, no era un parque abandonado, solitario, o algo por el estilo. Era el parque de una universidad. De una de las universidades más grandes en Zürich. Sí, para colmo estaba en Europa. Llevaba horas sentada en la misma banca. Ya había leído el periódico, almorzado, leído un poco de un libro, incluso me había quedado dormida un rato. Habían pasado muchísimas personas corriendo, caminando, platicando, jugando fútbol, paseando con bebés. En verdad, no era un lugar nada tranquilo.

Perdida en lo que estaba leyendo, no pude darme cuenta cuando un hombre se acercó a la banca. Fue hasta que repitió la pregunta por segunda vez, que me di cuenta que era a mí a quien le hablaba. Al principio pensé que iba de pasada, porque aparentó tirar algo en el basurero que estaba a la par de la banca. Pero después de volver a insistir en que le dijera si estaba sola o si esperaba a alguien o si alguien me había dejado, decidió sentarse.

“Una mochila y una bolsa de compras parece ser mucho para una mujer que está sola” me dijo. Eso, junto a la insistencia en saber si estaba sola, me empezó a poner nerviosa. No tenía tiempo para pensar. No tenía tiempo para nada. Si seguía esperando, iba a ser muy tarde.

Al principio traté de demostrarle que tenía poco interés, continué leyendo y solo le tiré respuestas de una, máximo dos palabras, sin siquiera levantar la mirada.

Cuando decidí pararme y meter todo en mi mochila, sin asegurarme de que todo estuviera en orden, como hubiera hecho en cualquier otro momento, me preguntó “smoothie o agua?” mientras me enseñaba dos botellas, ya empezadas, que llevaba en la mano. Estoy bien, gracias. Pero tengo que irme.

Aún después de escuchar eso, siguió forzando una conversación. Que si iba a esa universidad. Cada vez los nervios me dejaban pensar menos. No, no voy a esa universidad. Pero algo me decía que era mejor decirle que sí. Pero no sabía qué carreras había en esa universidad. Y él seguro lo sabía. Así que iba a saber que estaba mintiendo. Me preguntó lo mismo una y otra vez. Porque mis respuestas eran demasiado cortas y silenciosas como para ser entendidas.

“Me tengo que ir”, le volví a decir mientras empezaba a alejarme. Con un tono cada vez más molesto, me preguntó que por qué me tenía que ir, que por qué ahora y no antes. Ya dándole la espalda, escuché cómo decía “Weil Sie eine dumme Frau sind.”

Foto: Alex Blajan

Al principio me había preguntado si estaba bien que me tratara de tú, aparentando ser más amable. Y ahora me trataba de usted. Está claro el efecto que quería lograr, juntando ese cambio con haberme dicho que era una mujer estúpida. Caminando cada vez más rápido, sin voltear a ver atrás, tratando de acercarme al grupo de personas que estaba relativamente cerca, y queriendo llegar a la parada de tren lo más pronto posible, escuché cómo escupía al piso y, sin lograr entender exactamente lo que decía, cómo me insultaba y cómo seguramente se decía que era un estúpido él también por no haber hecho todo más rápido.

Me subí al tren que estaba llegando a la parada, aunque iba en la dirección opuesta a la que yo tenía que ir. Me senté. Mis manos no paraban de temblar. Mi corazón palpitaba demasiado rápido. Como si hubiera corrido, pero sin haberlo hecho. Veía a mi alrededor, tratando de buscar a alguien. Pero no encontré a nadie. Porque nadie veía. Nadie sabía. Nadia tenía por qué saberlo. Nadie había estado allí y nadie podía notar lo que me estaba pasando. Y si alguien lo notó, no podía hacer nada.

Un par de paradas después, me bajé para cambiar de tren. No quería acercarme a ningún hombre. No quería verlos. Quería llorar. Quería correr. Quería huir. Quería gritar. Pero no podía hacer nada.

El tren no tardó mucho en llegar, me subí. Y, todavía nerviosa, me quedé viendo en la dirección de donde yo había venido para asegurarme que no se subiera al tren. Lo que vi no sé si me dejó más tranquila o más preocupada.

En el momento en el que el tren se acercó a la parada donde yo había tomado el tren, escapando de él, lo vi saliendo del parque, hablándole a otra mujer.

Si se pudiera justificar el origen de alguien por su apariencia, diría que ella era europea. Claramente más relajada que yo, porque aunque yo había estado muy relajada en el parque, sola, ella le estaba platicando. Era evidente que él estaba caminando en la dirección en la que que ella estaba caminando. Era evidente que estaba tratando de hacer con ella lo que había querido hacer conmigo. Y no quiero imaginarme cómo terminó la historia.

Sólo sé que aunque lo vi caminar en otra dirección, y nunca subirse al mismo tren, yo seguí volteando a ver para atrás, tratando de asegurarme de que no me viniera siguiendo. Yo seguí temblando. Seguí llorando. Seguí caminando rápido. Seguí teniendo miedo a cualquier hombre que me veía.

Inconscientemente me empecé a tapar con el suéter, ocultando la blusa sin mangas que llevaba puesta y cualquier parte de mi cuerpo que ésta pudiera mostrar. Cuando escuchaba a alguien corriendo, pensaba que era él que venía hacia mí. Porque en el momento en el que me levanté de la banca y escuché su enojo, tuve miedo de que se fuera a levantar y me fuera a perseguir.

No puedo parar de pensar en todas las mujeres que tienen que sentir esto a diario, porque han pasado por algo todavía más traumático que esto. No puedo pensar en todas las mujeres.

Y si mi reacción parece exagerada, quizás sería bueno pensar más allá de eso. Preguntarnos por qué las mujeres hemos tenido que llegar a reaccionar así.

*Este relato fue escrito por una guatemalteca que pidió omitir su nombre.