Los nudos

Foto: Tim Boote
Aprendí a hacer nudos en los scout cuando era pequeña.

Aprendí a hacer nudos en los scout cuando era pequeña.

Nunca fui buena porque siempre los apretaba para que nadie más pudiera deshacerlos. Mi mamá nunca pudo desamarrarme los zapatos por esa misma razón y, cuando se cansaba de tratar, gritaba que dejara de joderle la vida. Mi padre, de una manera más práctica, cortaba las agujetas y compraba nuevas todos los fines de semana. Una vez, mientras cenábamos en casa de mis tíos, dijeron que mejor usara zapatos de velcro como los que tenía Cristina porque se habían cansado de la constante fricción con las cuerdas.

Pero los nudos eran mi manera de ganarle al mundo. Una pequeña victoria para alguien que carece de motricidad fina. Con ellos era dueña de mi espacio. Entonces, aprendí a siempre llevar una bola de lana conmigo y dejar pedazos tirados en el camino, siempre todos amarrados y enmarañados para que la siguiente persona no supiera qué hacer con eso.

En los scout nunca me dieron una medalla por hacer esto. La verdad, no la merecía. El punto del grupo era compartir y yo siempre fui un poco egoísta. Sobretodo si tocaba dormir en un bosque alejado del mundo. La tienda de campaña era mía. Las latas de frijol alrededor de la fogata, el pequeño manual de supervivencia y el columpio de llanta colgado del árbol también. Todo estaba cubierto con lana de todos los colores, siempre hecha una bolita desordenada para que nadie pudiera entrar a los espacios.

Dejé los scout porque me aburrí, como siempre me pasa en la vida con todo lo que empiezo. Pero me llevé la maña de los nudos. Casi 10 años después y mis dedos todavía recuerdan el movimiento. Los hacen mientras manejo, mientras como y mientras duermo. Si no hay tráfico, abro la ventana de mi automóvil para que la carretera se llene de lana enmarañada. Este es mi carril. Ustedes no se meten. Luego la llevo a la universidad. Este es mi escritorio. Nadie lo toque. Antes de dormir siempre pongo un moño enorme en la manija de la puerta. No entren.

Lo que nunca supe es que hay nudos que no puedes hacer ni deshacer, como los que se hacen en la garganta. Esos se forman solitos en lo más profundo de tu ser y te asfixian hasta que exprimen agua salada de tus ojos. Son los peores.

Mi hermana, Pilar, no ha podido hablar desde hace meses porque uno de esos nudos le ha quitado la habilidad de formar oraciones completas y coherentes. Siempre que quiere decir algo, el lazo dentro de su garganta se hace más grande y le corta el aire. Ella también estuvo en los scout pero no llegó a la misma parte del entrenamiento. Nunca aprendió a amarrar cosas.

Hoy, sorpresivamente, fue un buen día. Fuimos por helado, lo comimos en absoluto silencio y decidimos regresar a casa. Ella llevaba unos pantalones negros que había manchado con su postre. Pasó la mitad del camino tratando de limpiarlos. Al final se rindió y bajó la ventana. Sacó el pedazo de lana que le regalé hace algunos años y la tiró. No tenía ni un solo nudo. Yo, como siempre, iba marcando el camino. Este es mi espacio. No se metan.

No sé si la gente había aprendido a ver los nudos desde lejos pero nadie se acercaba. Ni a mi carro. Ni al escritorio y, según cuentan, todavía se mantenía solitario el columpio del campamento. Eran mis espacios apropiados. Ya completamente míos.

A veces salía a ver los nudos que había dejado por todo el condominio. En el parque, eran de color verde y los niños siempre se tropezaban porque no los veían. En la casa de la quinta avenida, eran rojos y los nuevos inquilinos alegaron de que invadían sus tuberías y ahogaban al sillón de la sala. A veces, sí tenía suerte, podía reírme un rato de los guardias de seguridad que recogían un pedazo de lana, lo miraban con cuidado y trataban de deshacerlo para limpiar un poco la calle. Mi casa era otra historia. Mis papás se acostumbraron a todo el desorden y aprendieron que lo podían disimular si cambiaban la paleta de colores cada tres años.

Una vez traté de deshacer todo. En serio lo hice. Recorrí espacios viejos, cuartos oscuros, calles sin final y salones de clase vacíos. Pero los nudos eran fuertes. Mis dedos terminaron morados, así como los tenían mis papás cuando era pequeña y no podían desamarrarme los zapatos. Entonces empecé a cortar pedazos porque creía que eso ayudaría a limpiar un poco. Pero terminé perdiendo, ahora habían lugares que carecían de historia.

Llegamos a casa. Pilar se había acabado la lana pero el nudo que tenía en la garganta se hizo más grande en los seis kilómetros de camino. Estaba segura que dentro de poco mi hermana no podría respirar.

No voy a mentir. Me hubiera gustado que mi lana fuera como la de ella, lisa y perfecta y que hiciera una línea recta sobre la carretera. Quisiera haber podido dejar entrar a Natalia a la tienda de campaña y haberle dado permiso a Joaquín para usar el columpio. Ojalá mis papás me hubieran cortado los dedos para que dejara de amarrar todo. Pero sé que no se puede. Mi espacio ya está consagrado. Hice una pequeña obra de arte de la ciudad que detesto. Pero a diferencia de Pilar, no tengo nada que me apriete la garganta porque todo está fuera. Está en cada nudo, cada pedazo, cada espacio tomado…

Ahí está mi libertad.

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