Plan del fin de semana

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Es fin de semana, como cualquier otro. Se debe tener un plan.

Es fin de semana, como cualquier otro. Se debe tener un plan.

Quizás me reúno con los amigos y qué mejor que beber después de una difícil semana laboral de cincuenta horas; si tomo en cuenta las horas extra no pagadas por la excusa de tener un puesto “ejecutivo”, que ha consumido toda mi energía.

Hace ya mucho tiempo que dejé de ir al teatro, degustar de un café en el centro histórico por la noche, o caminar por las pocas áreas seguras que ofrece la ciudad, en las noches del viernes o del sábado.

Claro, en la sociedad en donde evoluciono, estas actividades no me permitirían tener tiempo con mis amistades, quienes consideran éstas como pasadas de moda. Así que es más común y más aceptado ir a algún bar en la zona viva, al centro comercial de la zona catorce, a una discoteca, o incluso a la gasolinera de los próceres, antes de involucrarme en una actividad cultural, o en alguna que no involucre alcohol o algún otro tipo de droga.

Ahí sí puedo reír a carcajadas, desahogar mis penas, quejarme de la ya desgastada rutina de la semana y “pelar” a quienes me desagradan pero que aún les regalo una sonrisa fingida al tenerles en frente.

Mientras mi voz arrecia con el transcurrir del tiempo y el desfile de botellas -una, dos, cinco, siete, diez, otro cubetazo o las que sean necesarias de acuerdo a la cantidad de penas y quejas a expulsar– le encuentro sentido a la vida, hasta que la resaca se apodere de mí en la mañana siguiente y mi pareja y mis hijos deban desayunar solos y escucharme quejar por el dolor de cabeza, mientras exijo, porque Dios me guarde si no puedo demostrar mi liderazgo en mi propia casa, un caldo “levantamuertos”.

Es difícil parar, porque aunque lo desee la presión social termina triunfando. Y así, decido no poner mucha atención ni análisis al asunto para repetir la rutina una y otra vez, “hasta que el cuerpo aguante”, sin pensar en las posibles e incluso fatales consecuencias que la rutina de embriagarme pueda tener.

Sí, porque no puedo ponerle un alto a la presión social cuando me llaman “marica” o “aguafiestas”, y así termino dándole el control al volante de mi auto a mi Dios o a mi ángel de la guarda porque yo solo sí que no podría conducir.

Y es que éste modelo de vida, vendido a través de vallas publicitarias con connotaciones machistas, en las que comúnmente se presenta a mujeres con poca ropa, o peor incluso, solo una parte de su cuerpo, terminan de convencerme que esa es la mejor decisión para mi vida.

Estar o no estar, embriagarme o no, otra ronda o no… la presión vuelve a ganar, y creo que prefiero lo primero.

Columna originalmente publicada en http://www.raizmental.com/.

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