Rosario

Rosario era La Rosarito solo cuando se le hablaba a la cara. Si no, era La loca.

Mmm…viera que no, alcaide,  dijo La Rosarito, dejando al desnudo los últimos tres dientes que le colgaban de aquellas malgastadas encías. Cualquiera que la conocía, sabía que la vida había usado su cabellera para trapear el piso.

-Mtch, Rosario hombre, hagamos trato. 

El sudor de la frente del alcaide resbalaba sin piedad hasta el final de sus rechonchas mejillas. De allí pegaba el brinco hasta mezclarse con el polvoriento piso, justo donde posaban sus pies, tan relucientes como unas zapatillas de charol. Aunque actuaba como un caballo manso, sentía que aquellas deliciosas papas en salsa, de unas horas antes, amenazaban con salir corriendo por su boca. Parecía que ni sus 37 años de experiencia ni la bien cultivada astucia le iban a echar la mano esta vez.

-Santo Dios, Rosarito, ahora que ya me tenés prensado contra esta chingadera, ¡decime que es lo que vas a pedir! Ya viste que a este tu relojito no le queda mucho tiempo.

-Mmm… viera que no, alcaide. 

Parecía que este estaba empezando a perder la paciencia. Y a la Rosarito eso solo la ponía más necia. Mecía la cabeza entre sus dos bracitos que ocupaban a penas un cuarto de la pequeña mesa que había entre los dos. La emoción fungía como goma, dejándole una sonrisa pegada sobre su magullada cara. Le había dado vuelta a la tortilla.

-Yo sé que la he cagado, Rosario. Y es que no fácil… Eso de andar lidiando con esas criminales.  Ya no me tenían respeto. ¡Tenés que enseñarles que aquí manda el hombre! Al final, por malcriadas es que pararon encerradas. Cualquiera lo hubiera hecho. Vos también entendeme, pues. Uno tiene que darse a respetar por acá.

Pero la Rosarito no parecía escucharlo. Sonreía como hechizada por la imagen de semejante figura de autoridad bajo su dominio. Y con razón, muchos soñaban con la sola idea de meterle zancadilla.

Era uno de esos lugares donde todos se conocen por apellido antes que por apodo, y por apodo antes que por nombre. Rosario era La Rosarito solo cuando se le hablaba a la cara. Si no, era La loca. Más flaca que una araña y había parido a 22 niños y una muchachita, Mariana. Solita los había alimentado durante años, nadie sabe bien como. El pueblito era famoso por su prisión para mujeres. Quedaba a medio desierto y además de un par de tiendas y un doctor, no se encontraba nada. Al alcaide lo habían mandado hace varias décadas a trabajar allí. No tenía ni familia ni amigos, pero sí autoridad. Algunos estaban seguros de que a propósito había buscado el lugar más solitario para irse a encerrar junto a las más vulnerables, las olvidadas, las no queridas. Junto a las privadas de la vida en sociedad.

-Rosario, este tu relojito me está poniendo los pelos de punta.. Soltáme y podemos hablar. Lo de Mariana fue nomás para enseñarle a las…

-¡Noooo! ¡Lo de Marianita, no! 

El hechizo se había roto, lágrimas chorreaban de los ojos de la Rosarito, que parecía haber recordado que estaba haciendo allí, por qué había encadenado al alcaide y qué había pasado construyendo los últimos días con las amargas substancias que había logrado conseguir gracias a la buena disposición del doctor. Y había amarrado esa bomba a los zapatos del viejo jefe de la prisión, que se topaban con los suyos bajo la mesa.

El tiempo corría pero Rosario ya no tenía miedo. En sus ojos se reflejaba la última vez que vio la sonrisa de su única hija, la misma que había usado de despedida esa tarde antes de salir a comprar pan.

Recordó cómo pasaban los minutos sin que la niña regresara y el grito que la hizo acercarse a la ventana. El alcaide aplastaba el diminuto cuerpo de Mariana contra la casa de enfrente. Los ojos de él ardiendo en furia y su dentadura apretada, arrugándole la nariz. Con movimientos frenéticos, le arrebataba la inocencia a Mariana, que tenía su mirada de muñeca muerta clavada en su falda rota que yacía tirada en el suelo.

Su sonrisa no volvió a ver la luz de día.

-¡Rosario! ¡Por favor! ¡Lo siento, perdonáme, sácame de acá! 

-Mmm… viera que no, alcaide.

Pum.

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Me gustan los girasoles, las bicicletas, la cerveza, la pintura, los libros, la brillantina sobre las uñas y los hombres que viven una masculinidad responsable. En un constante proceso de ser y dejar ser.