Ser mujer ¿equivale a sentir vergüenza?

Era un 8 de marzo en la Plaza de la Constitución, el día del Paro Internacional de Mujeres.

Ese día escuché a una niña de catorce años reclamar por educación sexual.

Su voz, fuerte y segura, aún guardaba un aroma a infancia. Tomó el micrófono y habló por casi cinco minutos sobre la carga social que niñas de su temprana edad tienen que soportar y que, a lo largo de los años, no disminuye.

Vergüenza. Ser mujer equivale a sentir vergüenza. Vergüenza de nuestros cuerpos, de conocerlos, mostrarlos y disfrutarlos. De quererlos.

Eran como las siete y cuarto de la noche, y más o menos setenta mujeres y alguno que otro hombre solidario quedaban reunidos alrededor de un centenar de candelas moradas que cubrían unos cuantos metros cuadrados de la plaza central de la ciudad. También había flores casi secas, alumbradas por los sencillos vasitos en los que alguien había vertido cera color lila suave, como el de las flores de la jacaranda.

“Exigimos educación sexual integral! Exigimos que sea educación laica y basada en estudios científicos”, decía, mientras un público de adultos la miraba con los ojos secos por no poder parpadear. Parecía que las palabras no le cabían en la boca. Niños, apenas unos años menores que ella, jugaban entre el océano de candelas que ardían en memoria a las mujeres que murieron por eso, por ser mujeres.

Y sin embargo, allí estaba esta niña, chorreando valentía, casi suplicando por saber sobre su propio cuerpo, hambrienta de información, dispuesta a exigir lo que todas merecemos y pocas nos atrevemos a siquiera pedir con un susurro al oído a nuestra propia mamá.

Exigimos educación sexual integral! Exigimos que sea educación laica y basada en estudios científicos.

Me puse roja, me estaba quemando de la vergüenza. Pero por primera vez, no era vergüenza de mi cuerpo. No era aquella sensación de incomodidad de tener falda puesta mientras caminas por la calle, o la de verte obligada a enfrentar a un grupo de hombres que chiflan y escupen una extraña mezcla de insultos y piropos. Tampoco la de la prepotente mirada del señor que no cree para nada inapropiado asomarse por tu blusa. No, esto era otra cosa.

¿Cómo puede ser que una niña de catorce años esté pidiendo que se le eduque sobre su propio organismo y nadie responda? Y no me refiero al público; la gente aplaudió y chifló nomás salieron del estado de shock.

¿Cómo puede ser que el estado no responda? ¿Cómo puede ser que llegamos al punto de tener niñas paradas en la plaza central pidiendo información sobre sí mismas, niñas que se dan cuenta que se desconocen por completo y que, desde que son niñas, están conscientes y cansadas de la vergüenza que implica haber nacido niña? ¿Niñas que quieren un futuro distinto y para eso necesitan saber cómo prevenir un embarazo? ¿Niñas que entienden lo vulnerables que son en un país donde las niñas no importan? Eso sí que da vergüenza.

Poco a poco, la esperanza empezó a sustutuir a la vergüenza, mientras me imaginaba a cinco niñas exigiendo educación sexual integral el próximo ocho de marzo, y a veinte en dos años. A treinta atreviéndose a preguntarle a su mamá y a algún maestro, y a muchos de ellos contestándoles.

Esta es una lucha de todos: ayudemos a nuestras niñas.

Foto: Annika Lehnhoff

Written By

Me gustan los girasoles, las bicicletas, la cerveza, la pintura, los libros, la brillantina sobre las uñas y los hombres que viven una masculinidad responsable. En un constante proceso de ser y dejar ser.